jueves, 9 de junio de 2016

LA ROSA DE LOS VIENTOS *TERCER CAPÍTULO*


3
Unos ojos tan oscuros

Catherine se despertó con un terrible dolor de cabeza. Con calma se desperezó y con ambas manos en la cara, sin embargo, a través de los dedos vio su vestido color burdeos. El mismo que llevó en la fiesta de Josefine… Se destapó la cara por completo y miró a su alrededor.
—¿Dónde estoy? —Se preguntó.
En ese momento, percibió el sutil balanceo del mar y las olas bajo sus pies. Asustada, corrió hasta la claraboya más cercana y miró a través de ella. Y para su total y creciente desaliento, comprobó que estaba en alta mar. Al otro lado del pequeño ojo se extendía la inmensidad de un océano muy lejos de Gales.
Desesperada, Catherine corrió hasta la puerta e intentó abrirla, pero el picaporte no giraba. La habían encerrado como si fuera un animal. Enfurecida, comenzó a golpearla hasta que escuchó ruidos al otro lado.
Al ver que la abrían, se apartó.
Un chico, mucho más joven de lo que esperaba, apareció ante ella. Vestía con una casaca verde algo raída y un sombrero negro. Catherine retrocedió varios pasos al ver el trabuco sobre el tahalí de cuero.
—¿Quién sois? —El pavor le jugó una mala pasada a la voz, temblando—. ¿Dónde me lleváis?
El chico sonrió y se quitó el sombrero.
—Nadie le hará daño, milady.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí?
Los labios del chico se convirtieron en una fina línea rosada.
—Es la invitada del capitán —dijo.
Catherine abrió la boca sin saber qué decir.
—¿Ah, sí? ¿Y puedo ver a su capitán?
—No creo. No concederá ninguna audiencia hasta mañana.
—¿Hasta mañana? ¿Cuánto tiempo pretendéis tenerme aquí?
El joven dejó el plato que sostenía sobre la mesa y le dedicó una mirada afable.
—Creo que debería comer, milady. Se sentirá mucho mejor.
—¡Estoy muy bien! —exclamó—. ¡Solo quiero volver a mi hogar!
Catherine hizo el intento de salir por la puerta esquivando al joven, pero antes de poner un pie fuera, alguien la cogió al vuelo.
—No, señorita. Se quedará aquí —determinó el recién llegado con severidad.
—¡Suélteme! ¿Cómo osa tocarme? —Le golpeó en el hombro antes de apartarse—. ¿Quién es?
—Dejémonos de pomposidades —la instó—. Llámeme, Alexander.
—¿Es el capitán de este barco?
El individuó rio con desdén.
—No. Pero seguro que no querrá conocerlo.
—¿Quién sois y qué queréis de mí? —pronunció ella, recalcando la "Q" y él rio.
—En cada país nos llaman de una forma diferente: ladrones, bucaneros, piratas…
Al escuchar la palabra "pirata", Catherine retrocedió con una mano sobre el pecho. No podía ser cierto lo que estaba escuchando. ¿Cómo había podido caer en manos de tales bárbaros?
—Debería relajarse y comer algo, milady —le sugirió, sin dejar de escrutarla con la mirada como si fuera un pedazo de carne.
—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?
El hombre sacó un precioso reloj de bolsillo y miró la hora.
—¿Dos días...? Es difícil determinar la hora en alta mar.
—¡Bastardos! —espetó, y el disgusto le subió a la cara junto al rubor de la impotencia.
Un tercer hombre, regordete y con gesto risueño, se asomó por la arcada de la puerta.
—¡Vaya, está despierta! —exclamó sonriente, pero la alegría se desvaneció al verle la cara—. Y muy enfadada…
—Benjamin, avisa a James. Tenemos que hablar.
—Vaya, ¿ese es el nombre de vuestro capitán? —adivinó ella.
—No, señorita Baker, ese es el nombre de su verdugo.
Catherine tragó saliva al escuchar el mordaz comentario. Había escuchado cientos de historias sobre piratas y nunca imaginó que viviría una de ellas. Y mucho menos, como prisionera.

****

James revisaba las cartas de navegación para efectuar los cambios necesarios en el rumbo cuando alguien picó a la puerta de su camarote.
—Adelante.
La envejecida cara de su contramaestre se asomó.
—¿Puedo pasar, capitán?
—He dicho adelante… —repitió con sequedad—. ¿Qué ocurre, Benjamin?
—La señorita Baker ha despertado.
—Sí, ya lo sé —espetó él, presionando con sus dedos los párpados como si se estuviera protegiendo de una luz muy brillante—. Llevo horas escuchando sus gritos.
El capitán no estaba de buen humor.
—Tiene una boca muy sucia para ser una dama, capitán —expuso con cautela.
—Bueno, debemos tener en cuenta que está enfadada y asustada. —La excusó devolviendo la mirada a las cartas de navegación—. ¿Le habéis dado de comer, agua y ropa limpia?
—Sí, capitán. Todo. Pero no quiere nada... —Titubeó cuando los ojos del capitán lo atravesaron como dos puntas de flecha—. Se niega a comer.
—¡Pues oblígala!
La cara de Benjamin se contrajo por el grito y se limpió las manos sudorosas sobre la casaca.
—Si le digo que muerde, ¿me creería?
James resopló con disgusto mientras su foro interno se debatía entre la risa y el enfado.
—Me lo creo, la he conocido personalmente. —Es una mujer fascinante, además de una gran manipuladora, pensó—. ¿Te ha convencido para que vengas a verme?
Antes que pudiera contestar con un sí, un pergamino cerrado rebotó en la cabeza de Benjamin.
—¿Cómo puedes temer a una mujer? —espetó James mientras el contramaestre se refregaba la sesera dolorida—. ¡Cielo santo, Ben! Eres un pirata. ¡Demuéstralo! —exclamó con indignación.
—Es una dama muy obstinada, capitán.
—¡Lo sé! Vete y soluciónalo —gruñó—. Asegúrate de alimentarla bien. La necesito viva, ¿de acuerdo?
Al ver la cara de situación del contramaestre, James quiso reír y maldecir a la vez. Como navegante y pirata, Benjamin era excepcional, pero contra una mujer con carácter estaba desvalido al igual que un caracol sin lluvia.
—¡Ben!
El contramaestre se detuvo a la altura de la puerta y lo miró.
—Sí, capitán… —musitó con prudencia.
—¿Qué te pidió que hicieras?
—Deseaba una audiencia.
De forma inconsciente, los labios de James se curvaron en lo que se intuía que era una sonrisa.
—Gracias por la información. Haz lo que te he pedido y… Ben, amordázala si es necesario —le sugirió—. No quiero que todo el barco se entere de que hay una mujer a bordo.
—Creo que aún me quedan polvos de amapola y verbena. ¿Los puedo usar?
James puso ambos ojos en blanco.
—Aún no, pero guárdalos.
No pasó ni media guardia, cuando escuchó jaleo en cubierta y Colton irrumpió en el camarote sin llamar.
—Capitán, debería acompañarme —dijo, y la preocupación le desdibujó las hoscas facciones—. Hay un problema.
Sin mediar palabra, James se colocó su casaca negra y ambos trabucos sobre las fundas del pecho. De camino a cubierta, escuchó los gritos enloquecidos de uno de los marineros. En primera instancia pensó que podría tratarse de una disputa de juego, pero al oír la palabra “mujer” la mandíbula le chirrió.
Al llegar arriba, el energúmeno lo señaló con la punta de la espada.
—¡Tú! ¿Cómo lo has permitido?
James apretó los puños, y se acercó con aire sombrío al alborotador. Las sombras, sus fieles compañeras, ya lo acechaban desde la oscuridad de su cordura.
—¿Es cierto, capitán? —le preguntó uno de sus hombres al pasar—. ¿Hay una mujer?
Hizo oídos sordos y atravesó con la mirada al marinero que gritaba mientras los otros murmuraban. Las supersticiones envenenaban la mente de los marineros como quimeras, e infundían miedos basados en viejos cuentos narrados por ancianos lobos de mar.
Se decía que la mar era una mujer y que la diosa de los océanos llamada Calipso, sentía celos de cualquier mujer que navegara sobre sus aguas. Por ello, las leyendas sobre la hermosa diosa contaban que tal ultraje, desataba su ira bajo colosales tempestades. El castigo por el terrible agravio era sucumbir bajo la furia del océano y perecer en el fondo del mar que un día fue su hogar.
—¡Esa mujer nos matará! ¡Atraerá una terrible tormenta y nos hundirá! —gritó el loco sin dejar de mirar a la tripulación—. ¡Los dioses del mar no perdonarán tal afrenta!
La mirada de James se cruzó con la de Alexander; ambos sabían lo que ocurriría.
A grandes zancadas, acortó la distancia que lo separaba del alborotador, pero se detuvo en seco cuando el pobre desgraciado tuvo la terrible elocuencia de blandir la espada en su dirección.
Con un movimiento rápido y conciso, James giró sobre sí mismo, esquivando la estocada de su oponente, y lo desarmó. La espada cayó a varios metros del marinero y una sonrisa cruel se dibujó en el rostro de James. Las sombras comenzaron a oscurecerle los ojos y una abrasadora oleada de furia se apoderó de la poca contención que poseía.
Una oscuridad con un apetito atroz de sangre.
—Capitán... —Trastabilló hacia atrás con el miedo palpitándole en las piernas. Tenía una aterradora súplica dibujada en la cara. Sin embargo, la impasividad ya se había apoderado del cuerpo de James para eximirlo de cualquier tipo de clemencia.
Entre él y su oponente solo había una crepitante oscuridad.
James desenfundó una pequeña daga y dando un paso al frente, lo retó de nuevo. Pero esta vez, el movimiento fue tan fulminante que antes de poder exhalar una nueva bocanada de aire, la hoja ya estaba hundida en el cuello de su adversario. Una grotesca estocada que le arrancó un último suspiro antes de abandonar esa vida.
El aire se congeló en los pulmones de los presentes y palidecieron. Incluso los murmullos de la noche cesaron.
Por unos segundos, James sostuvo el cuerpo del hombre y al sacar el cuchillo, el cuerpo cayó desplomado sobre la cubierta. La sangre caliente caía del puñal al suelo y trazaba una estela carmesí en torno a él.
El semblante de James era frío e inexpresivo, y sus ojos letales y sombríos. Estaba sumido en un trance que pocos conocían. Respiró hondo, y el olor metálico de la sangre hizo que sus ojos perdieran el profundo color verde que los caracterizaba, para tornarse negros como las profundidades del mar. Con los años, James había descubierto que el respeto solo se obtenía a través de la muerte. No había espacio para el arrepentimiento. Después de todo, habían subestimado los pocos escrúpulos que poseía.
Craso error, se dijo.
James limpió el cuchillo sobre el hombro de su adversario y se giró para enfrentarse a la tripulación. Dio un paso al frente con la mirada fija en sus hombres y comprobó que muchos seguían perplejos y sin palabras.
De forma acusatoria, alzó la daga ensangrentada hacia ellos.
—Que nadie vuelva a cuestionar mis decisiones… —Cada palabra destilaba hiel—.  Este es mi barco, y se regirá bajo mis normas. Desobedecer se castiga con sangre. ¡Amotinarse se castiga con la muerte! —bramó y señaló al hombre que yacía en el suelo—. ¿Alguien más quiere acompañarle? —preguntó—. ¿Alguien más?
Las miradas de los piratas comenzaron a descender hasta detenerse sobre la cubierta del barco. Ninguno osó mirarlo, ni a decir una sola palabra. El tétrico silencio de la noche se coló bajo las casacas de la tripulación, y les paralizó los labios y los cuerpos.
Eran estatuas de hielo, sin vida, perdidos en el estupor de las tinieblas del capitán. Una oscuridad que le nublaba el alma y hacía palpable la ausencia de un corazón que pereció bajo las inmensas olas de un mar en plena tempestad, y que ni el tiempo, ni el olvido, lograron revivir.
"Cuando la calma amansa las mareas y la paz serena el alma, el más mínimo vendaval, desata la más terrible de las tormentas".

****

Catherine esperó a que el barco se durmiera para salir de su cárcel en forma de camarote. Por más que la llamaran invitada, la evidencia de un secuestro premeditado la enfurecía. Se sacó las horquillas que, a duras penas, le sostenían el raído peinado y se acercó a la puerta. Con destreza, colocó las púas dentro del viejo bombín y palpó la cerradura.
Después de varios minutos de lucha escuchó un sutil “clic”.
—El sonido de la libertad —dijo satisfecha.
Catherine se alegró de haber aprendido esos sucios en la escuela de señoritas. Era una dama, sin duda, pero necesitaba más libertad que ninguna otra. Nadie la retendría en contra de su voluntad.
Al abrir la puerta, las viejas bisagras crujieron y Catherine hipó.
Con suma cautela, miró a lo largo del corredor y buscó la salida. No había nadie y avanzó hasta las escaleras que llevaban a cubierta, pero nada más poner un pie en el primer peldaño, escuchó la voz de dos hombres. De un salto se escondió y contuvo la respiración. Miró en ambas direcciones, buscando una escapatoria, y la única viable se encontraba al final del corredor.
Catherine abrió la puerta del camarote, y al ver la oscuridad del interior, entró y cerró el pestillo tras de sí. Soltó una larga bocanada de aire cuando escuchó cómo los hombres atravesaban el corredor en dirección contraria a la suya.
Fuera de peligro, pensó.
Aspiró hondo y el profundo aroma a hierbas y madera de la habitación, la embriagó. Una etérea fragancia que le recordó su breve estancia en las plantaciones de té que poseía su tío Jackson en las indias orientales.
El aposento estaba sumido en la penumbra y la única luz provenía de los ventanales de popa. La luna traspasaba los cristales y dibujaba las siluetas de los objetos a su alrededor, perfilando el esqueleto de un ostentoso camarote digno de un…
—No esperaba ninguna visita, milady.
Catherine dio un respingo al escuchar la profunda voz. Giró hacia la puerta pero antes de poder tocar el picaporte la sombra volvió a hablar:
—Yo no lo haría —le aconsejó la voz—. Si sale, será bajo su propia responsabilidad.
Catherine sopesó la advertencia y redimió los apremiantes impulsos de salir corriendo. Con lentitud, dio media vuelta y lo enfrentó. Su visión se había acostumbrado a la oscuridad y reconoció la figura de un hombre bajo la luz de la luna. Estaba detrás de una gran mesa de escritorio, sentado sobre un enorme sillón orejero. Las sombras dibujaban vagamente su perfil mientras contemplaba la noche a través del ventanal de popa.
—¿Quién puede garantizarme la seguridad en un lugar como este? —preguntó con la voz estrangulada por el miedo.
La sombra giró la cabeza para mirarla.
—Un pirata, milady.
Catherine sintió un nudo en la garganta y recalculó todas las posibilidades de huir.
—¿Y pretende que me fie de la palabra de un pirata?
Una amarga risotada rebotó sobre las paredes del camarote.
—No. Jamás debería fiarse de un pirata, señorita Baker.
¿Dónde había escuchado esas palabras…?
—Le conozco… ¿verdad?
Catherine escuchó cómo el desconocido se alzaba del sillón y contempló cómo las sombras se movían para dibujar la imponente figura de un caballero. Era mucho más alto que ella; de hombros anchos y cuerpo esbelto.
Al escuchar los pasos sobre la madera, Catherine retrocedió hasta que su espalda topó contra la puerta. De forma inconsciente cerró los ojos y trató de contener el miedo.
Pero era infranqueable.
El penetrante aroma a hierbas y madera se intensificó con la cercanía del desconocido. A escasos centímetros de ella se detuvo, y se hizo de nuevo el silencio. Catherine pudo percibir el calor que manaba de su cuerpo, la fuerza que templaba sus músculos y la cruda sensualidad que exudaba cada poro de su piel.
Se le erizó el vello del cuello y trató de respirar el reconfortante aroma a hierbas de té para relajarse. Sin embargo, un temblor la sobrecogió. Había algo imponente y extremadamente tenebroso en él.
—Abra los ojos… —susurró la voz masculina y Catherine los abrió.
El desconocido había encendido una de las lámparas de aceite y la tenue luz le iluminaba el rostro. Tenía el cabello castaño, la piel dorada por el sol y unas facciones angulosas y tan atractivas, que parecían esculpidas en granito. El contorno afilado de sus mejillas le realzaba la intensidad de la mirada, mientras la contemplaba con unos penetrantes y felinos ojos color esmeralda tan llenos de curiosidad como los suyos.
Tras unos segundos de vacilación, el corazón le dio un vuelco.
—¿Tú? —susurró con un hilo de voz al reconocerlo.
El eludido asintió, sin ninguna expresión en el rostro.
—James Williams Roberts, para ser más exactos.
Catherine se apartó de forma brusca.
—¡Tú! —volvió a repetir con el enfado ardiéndole en los labios—. ¿Cómo pudiste…?
—Confieso que estuvo muy cerca de desenmascararme, señorita Baker —dijo él. 
Aquella voz era tan penetrante como la recordaba.
Catherine rememoró la noche que lo conoció por primera vez y quiso gritar. La elegancia y el porte de aquel rufián la habían engañado bajo el cálido manto de unos ojos arrebatadores.
Qué ingenua, pensó.
—Es un pirata… —susurró inmersa en la última conversación. Todo había sido un juego de engaño para embaucarla.
—Ya le dije que ostentaba mucho más.
James dio un paso y cerró el espacio que los separaba.
—¡Me mintió! —gruñó ella con desprecio.
—Al contrario, señorita Baker. Recuerde las palabras exactas —murmuró impasible—. Le advertí que no debía fiarse de mí.
Catherine trató de abrir la puerta y él la cerró de un golpe sordo.
—No pretenderá escapar, ¿verdad?
—No tengo ningún motivo por el cual permanecer aquí —dijo ella y un temblor se apoderó de sus labios, arrebatándole la valentía.
—Sí, lo tiene. ¿No deseaba una audiencia con el capitán? 
Catherine lo miró, perpleja, mientras el calor del enfado le calentaba las venas.
—Capitán, pirata y mentiroso —dijo entre dientes—. No podía esperar nada menos...
—Tengo más cualidades ocultas, milady. Se sorprendería.
—Ya lo hago —contestó con retintín—. Estoy tan abrumada como asqueada con su presencia.
El capitán siseó.
—Yo controlaría esa lengua.
—¿O? —le desafió.
James adhirió su cuerpo al de Catherine y le atrapó el mentón con una mano, obligándola a mirarlo.
—O yo mismo se la cortaré —murmuró él, y su voz silbó del mismo modo que haría una serpiente. La amenaza sonó tan real y fría como las intenciones.
Durante unos instantes la naturaleza indómita de James lo instó a devorarla como un animal. Sus instintos se lo pedían a gritos mientras las emociones se contradecían, enloqueciéndolo. Aun cuando la maldecía por ser hija de un Davis, su cuerpo palpitaba anhelando aquel contacto de una forma desconcertante.
Mientras aquellos sugerentes labios lo llamaban en silencio...
Con un gesto brusco, James se apartó de ella y se acomodó contra la pared en un burdo intento de controlar aquellos enfebrecidos impulsos.
—¿Por qué estoy aquí?
El apocado tono de voz de Catherine relajó el afilado hilo de tensión que los separaba.
—Por difícil que parezca, señorita Baker, es la razón de mi libertad.
—¿Yo? —espetó—. Se equivoca de mujer.
—No. Sé perfectamente a quién tengo ante mí —terció—. Quizá lo sepa mejor que usted misma.
Catherine enarcó una ceja.
—¿Qué es lo que sabe de mí, capitán?
—Catherine Eloane Davis. Ese es su verdadero nombre. —Los ojos de James centellearon con inquina al pronunciarlo—. Hija del pirata, ladrón y asesino, Edward Davis.
—Eso no es cierto —masculló ella—. Mi padre es Charles Baker.
—¿Está segura, milady? Piénselo bien.
Catherine se enervó.
—¿Qué insinúa...?
—La verdad. Cabello castaño, ojos negros como el carbón... —murmuró él, con un deje extraño en la voz—. ¿Nunca ha tenido dudas de su parentesco con los Baker?
La seguridad que exudaba hizo que dudara de sí misma. Pero lo cierto era que las lagunas que ensombrecían el pasado de Catherine eran demasiado evidentes. Durante años había tenido dudas de su consanguinidad. Las evidencias tanto físicas como emocionales eran obvias. El cabello oscuro y los ojos color azabache de ella, distaban mucho del rubio y los ojos azules de su hermana Josefine. Se alejaba mucho de cualquier parentesco con su propia familia. Las dudas sobre su propio origen siempre flotaron con ella, pero se negó a creerlo y se refugió en los cálidos brazos de los Baker.
No obstante, el amor y la realidad no iban de la mano.
—¿Qué sabe de mí? —dijo al fin, y una sonrisa triunfal iluminó las afiladas facciones del capitán.
—Como ya he dicho, su nombre es Catherine Davis, la hija perdida del pirata Edward Davis. Capitán del Bachelor's Delight, Las Delicias del Soltero —explicó—. Un nombre muy poco apropiado después de haber abandonado a su propia hija. ¿No cree, milady?
—No ose jactarse a mi costa, capitán —masculló ella.
—La verdad, se jacta del ingenuo que la ignora.
—En ocasiones la elusión duele menos que la realidad. —Una voz interna silbó en el interior de James al oírla. Qué cierto era, pensó—. ¿Cómo sabe que me abandonó?
—Las historias sobre la hija del capitán Davis cuentan, que tras desaparecer en manos de un desconocido, él asumió la pérdida y se olvidó. —Catherine giró para ocultar su rostro—. Todos la dieron por muerta.
—Eso no puede asegurarlo...
—No trató de buscarla. Eso es lo mismo que abandonarla. —James se encogió de hombros—. El corazón de un marinero reside con una mujer distinta en cada puerto. Quizá tenga más hermanas perdidas a lo largo de las rutas de poniente.
Catherine dio media vuelta y lo enfrentó.
—Disfruta atormentándome, ¿verdad?
—No, solo respondo a su pregunta —dijo—. Le sorprendería saber lo fácil que es relegar a alguien... —James dio un paso al frente y su voz adquirió un tono frío e impersonal—. Apagas la tristeza, olvidas el dolor… y con el tiempo, el corazón muere. Y con él, cualquier sentimiento de culpabilidad. 
Catherine sintió cómo las lágrimas la asaltaban, subiéndole por las mejillas hasta inundarle los ojos.
—¡Yo soy Catherine Baker! —masculló ella, y James se tensó al ver dos furtivas lágrimas descenderle por las mejillas—. Y mi verdadero padre es Charles Baker, un magnífico hombre con honor y lealtad que jamás abandonaría a una hija.
Al ver su angustia, James se tragó la inquina. Pero tras unos instantes de mutismo, la indiferencia volvió a cubrirle el pecho bajo una coraza que lo eximía de cualquier sentimiento.
No podía sentir empatía, ni misericordia, y mucho menos por la hija de Edward Davis.
—No soy yo el que pregunta, milady. Si exige la verdad, asuma las consecuencias.
—¡No! —exclamó—. Me niego a creer a un cerdo y embustero...
—¡Señor! —interrumpió una voz, al tiempo que la puerta se abría por completo y varios hombres entraban en tropel.
—No se molesten, caballeros —espetó James con voz áspera—. Si buscan a la señorita Baker, ya la he encontrado.
—No sabemos cómo ha podido ocurrir, capitán —dijo Colton.
—No importa. ¡Llévensela! —ordenó James con severidad antes de cometer una locura y arrepentirse más tarde.
Chris hizo el intento de cogerla y ella se zafó del agarre.
—¡No me toque con sus sucias manos! —exclamó con un dedo en alto—. Ya conozco el camino.
Catherine lanzó una mirada cargada de odio a James y salió del camarote con la misma sutileza con la que entró.
—Aseguraos de que no vuelva a salir —exigió con acritud.
Chris y Colton asintieron con un profundo gesto y salieron de su ángulo de visión.
Exhausto, James se dejó caer sobre el sillón con la oscura mirada de la mujer grabada a fuego en la memoria. Poseía unos ojos tan negros como una noche sin luna, y tan profundos como el océano. Era la mujer más irritante y provocadora del mundo. Lo desafiaba con cada palabra, con cada gesto; como ningún hombre lo había hecho antes. Deseaba matarla y devorarla a la vez. Pero no podía. A pesar del constante desafío que suponía para él, no dejaba de sentir una asfixiante necesidad de liberación al verla.
Al tocarla.
Sin embargo, al hacerlo, su corazón volvía a jadear ante el dolor de una cicatriz que aún sangraba. Una herida que le troncó la vida y le desgarró el alma para convertirlo en una sombra de su propio ser. Llevaba demasiado tiempo navegando a la deriva, en medio de la oscuridad, sin ninguna esperanza de hallar el amparo de la luz. Aun cuando ansiaba hallarla, se había acostumbrado a las tinieblas. A fin de cuentas, aquella era su penitencia. El castigo por haber perdido lo único puro que debió proteger.
—Melisa... —susurró, abatido.

FIN DE LA DEMO    
CONTINUAR EN➳


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